Mi vida ciclista ha tenido pocos éxitos y he sido, a veces regular, a veces malo del todo. Sin embargo, cuento con algunos momentos de pequeña gloria en mi palmarés. La gran mayoría de los corredores, muchos de ellos mejores que yo, nunca han ganado nada, la mayoría nunca ha hecho un puesto de podium. En ese sentido puedo considerarme un privilegiado, ya que, a pesar de haber corrido con más pena que gloria, he tenido momentos de éxito. Momentos en los que alguna ley cósmica misteriosa me ha dado las fuerzas y la inteligencia para conseguir algún que otro pequeño éxito. Claro que el verdadero y gran éxito ha sido el poder participar y disfrutar el ciclismo.
En una ocasión mi mujer me regaló una muy buena bicicleta por mi cumpleaños. El cuadro era de última generación, el mismo que llevaba Indurain. Encargó el montaje de la bicicleta en secreto, sonsacándome con disimulo, datos como la talla, medida de bielas, de potencia, etc. y pactó que me la entregasen justo el día de mi cumpleaños, día que me llevó hasta la tienda con excusas y allí me montaron una broma. Finalmente me dieron la flamante bicicleta y Celestino Prieto, dueño de la tienda y excorredor profesional de renombre, en un momento en el que estábamos solos me dijo: "tú si que has triumfado, con esa mujer".
He empezado a hablar de éxitos y días felices y una cosa me ha llevado a la otra, pero lo que en realidad quiero narrar ahora es el día más feliz de mi vida ciclista, quizá el mas feliz de mi vida en general. No es el día que gané como los campeones, ni el que gané como los zorros. Esos fueron días muy felices, días en los que crucé la meta levantando los brazos, cosa que es lo máximo en el ciclismo, y mucho más para un corredor mediocre, como yo, pero el día más feliz fue el que, por primera vez, conseguí llegar en el pelotón. Pensaba contarlo ahora pero, como ya me he extendido mucho, lo contaré en la próxima entrega de "El olor del pelotón".
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miércoles, 3 de junio de 2009
viernes, 29 de mayo de 2009
El olor del pelotón
En el escrito titulado "Sin miedo", he hecho referencia a mi anterior actividad deportiva: el ciclismo. Eso ha desencadenado recuerdos entrañables que tengo ganas de contar, así es que inicio esta linea de comentarios y reflexiones, referidos a un tiempo pasado y a una actividad que ha llenado una buena parte de mi vida, agrupados bajo la etiqueta : "El olor del pelotón".
Los ciclistas, como los escaladores, son gente especial. Se afanan en el intento de alcanzar objetivos muy difíciles, a costa de grandes esfuerzos y sacrificios, cosa que, salvo contadas excepciones y nunca a partir de cierta edad, les va a suponer un beneficio económico, sino todo lo contrario, un gasto considerable. Además del esfuerzo físico, mental y económico, representa con frecuencia una fuente de conflictos familiares. Sin embargo, la satisfacción y el sentido que le da a la vida semejantes actividades, es tan fuerte que compensa sobradamente a quien tiene una vocación de este tipo y la cultiva, ante la mirada atónita de quienes le conocen y, siendo personas corrientes, no entienden ese énfasis. Ellos solo trabajan, comen, follan de vez en cuando y miran la televisión. Una vida así, para mí no tiene ningún sentido.
Por supuesto, no me estoy refiriendo a los ciclistas que salen el domingo a dar un paseo, sino a los que asumen retos, a límite de sus posibilidades, sean estas del calibre que sean.
Todo el mundo ha visto alguna vez pelotones de ciclistas en carrera, sobre todo en la televisión, pero hay algo que solo perciben los que van dentro y que suele quedarse en la mente con mucha firmeza: el olor. Se trata de un olor característico y penetrante, el olor de las cremas de masaje y calentamiento, más o menos es olor a linimento. Ese olor es muy fuerte y está siempre presente. En las salidas es donde se da mayor concentración. He conocido a corredores a los que la percepción de ese olor les disparaba los nervios y las pulsaciones.
Los ciclistas, como los escaladores, son gente especial. Se afanan en el intento de alcanzar objetivos muy difíciles, a costa de grandes esfuerzos y sacrificios, cosa que, salvo contadas excepciones y nunca a partir de cierta edad, les va a suponer un beneficio económico, sino todo lo contrario, un gasto considerable. Además del esfuerzo físico, mental y económico, representa con frecuencia una fuente de conflictos familiares. Sin embargo, la satisfacción y el sentido que le da a la vida semejantes actividades, es tan fuerte que compensa sobradamente a quien tiene una vocación de este tipo y la cultiva, ante la mirada atónita de quienes le conocen y, siendo personas corrientes, no entienden ese énfasis. Ellos solo trabajan, comen, follan de vez en cuando y miran la televisión. Una vida así, para mí no tiene ningún sentido.
Por supuesto, no me estoy refiriendo a los ciclistas que salen el domingo a dar un paseo, sino a los que asumen retos, a límite de sus posibilidades, sean estas del calibre que sean.
Todo el mundo ha visto alguna vez pelotones de ciclistas en carrera, sobre todo en la televisión, pero hay algo que solo perciben los que van dentro y que suele quedarse en la mente con mucha firmeza: el olor. Se trata de un olor característico y penetrante, el olor de las cremas de masaje y calentamiento, más o menos es olor a linimento. Ese olor es muy fuerte y está siempre presente. En las salidas es donde se da mayor concentración. He conocido a corredores a los que la percepción de ese olor les disparaba los nervios y las pulsaciones.
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